Desde primavera, pequeñas romerías avanzan entre huertos de naranjos hacia ermitas blancas, con pañuelos bordados, cestas de flores y melodías de dolçaina. En Castelló, el recuerdo del camino de la Magdalena inspira pasos serenos, mientras el azahar guía conversaciones íntimas y bendiciones compartidas.
Las mañanas huelen a pólvora amable: mascletàs contenidas, saludos pirotécnicos y campanas que responden desde iglesias cercanas al puerto. El eco se mezcla con el perfume cítrico, y los mayores cuentan cómo aprendieron a medir el viento según vibraba la flor y explotaba la luz.
Entre marzo y abril la floración anuncia esperanzas de cosecha. Apicultores colocan colmenas buscando miel de azahar, y agricultores observan cada pétalo para intuir lluvias, cuajado y futuros precios. Las plazas recogen esa expectativa en bailes, ferias escolares y brindis con zumo recién exprimido.